"Con un bastón en una mano y mi perro en la otra, puedo andar. Puedo de hecho caminar,". "Tener un perro de servicio libera el tiempo de los que te cuidan. Ahora te puedes mover." Decía un dueño de un Gran Danés Durante miles de años, las personas han confiado en los perros para cazar, como compañía, supervivencia y protección. Pero en el último siglo, las personas han solicitado a los perros para ayudar a aquellos que están lidiando con numerosas enfermedades. Los perros entrenados formalmente han guiado a los estadounidenses con ceguera por más de 70 años, y se les ha enseñado a alertar a la gente con problemas auditivos con sonidos como el timbre de la puerta o la alarma del reloj desde la década de 1960. Ahora, los perros ayudan a los que sufren mal de Alzheimer y Parkinson, y algunos son usados inclusive para detectar y prevenir ataques de apoplejía antes de que estos sucedan. Pero quizás el mejor regalo que estos animales pueden proporcionar a sus dueños, es una renovada independencia y la mejorada habilidad de vivir y trabajar en nuestro mundo moderno.
martes, 7 de julio de 2009
Mas beneficios
domingo, 17 de mayo de 2009
In English
| ||||||||||
| ||||||||||
martes, 12 de mayo de 2009
Monumento a perro
Lobi permaneció un año junto a la cama de su amo enfermo. El dueño de Lobi falleció pero este perro fue fiel a su amo hasta el final ya que no faltaba a su cita diaria a la tumba de su dueño hasta que perdió la vida en un accidente. Ahora el Ayuntamiento de Archidona (Málaga) homenajea la fidelidad de este animal con una estatua a su recuerdo. El autor encargado para “dar vida” a esta can llamado Lobi, posiblemente diminutivo cariñoso de lobo, ha sido el artista Francisco Javier Galán, escultor y socio de Mester Artis y ha sido posible gracias a las gestiones de Antonio Quesada junto con el ayuntamiento de esta localidad malagueña. Los trabajos para esta pieza se prologaron durante dos semanas y fueron basados en la imagen de un podenco andaluz ya que no se conoce con exactitud la raza del perro aunque se presupone que bien pudiera ser un cruce con podenco , la pieza que se está fundiendo durante estos días tendrá 62 cms de altura. Lobi será ubicado en la vía principal del pueblo. El día que Miguel García Muñoz murió, Lobi acompañó a su amo hasta el cementerio de Archidona junto con el resto de personas que fueron a despedirlo y se quedó junto a su tumba hasta que el sepulturero lo echó del lugar. Al caer la noche volvía a su casa, donde la que había sido esposa de Miguel lo esperaba junto a sus cinco hijos. Al día siguiente, Lobi volvió a donde fue enterrado su amo, corría el 6 de mayo de 1949, y se quedó junto a la tumba hasta que volvió a ser expulsado del cementerio. Lobi que había aprendido ya el horario de apertura y cierre del cementerio, esperaba paciente en la puerta a que abrieran para hacer su visita diaria. Se cuenta que estas visitas se prolongaron durante tres meses hasta que en uno de aquellos desplazamientos Lobi fue atropellado por un coche en la esquina del Maestro Lara. La estatua se inaugurará en mayo próximo, coincidiendo con la tradicional Feria del Perro de Archidona Lobi, un perro con monumento
April 22nd, 2009 por
admin
lunes, 11 de mayo de 2009
Franz Marc
martes, 14 de abril de 2009
Historias de perros
BOBBY GREYFRIARS
Esta historia tuvo lugar en Edimburgo (Escocia), ciudad de casas encantadas gimiendo en ruidos inquietantes, de fantasmas errantes transitando las tinieblas sin hallar asidero para el descanso, y, en la que aún colea el tétrico tiempo de los ladrones de cadáveres*.En la mitad del siglo XIX, cuando la pésima economía de Gran Bretaña ahogaba a Jonh Grey (Jock), un humilde jardinero, el dedo de la urgencia le mostró el camino del escape de la miseria. Y para darle un vuelco a sus penurias con su familia se estableció en la capital.Era mala época para la jardinería, por lo que Jock archivó el cuidado de las plantas y se decantó por el cuidado de los vecinos, haciéndose policía. Y, remando contra el viento, convirtiendo en elástica la paga, exprimió cada moneda hasta lograr que su familia pisara terrenos de estabilidad. Sin embargo, a la vida familiar le faltaba un elemento que completar su arraigo y alegrara la dureza de aquellos años. La palabra adopción se asiló en los corazones. A los pocos días un perrito hizo su entrada en la casa.
El sargento Scott -gran amigo de John Grey, y que cumplía servicio en el castillo-, trabó una buena amistad con Bobby, y acostumbraba llevarse el perro a su lugar de trabajo. El can se ganó el cariño de los uniformados allí emplazados. El sargento Scott, encargábase de los disparos del cañón de la señal horaria, Y Bobby, aprovechando el descanso de Jock, iba a diario a la colina a presenciar la salva de las trece horas. Ergo los cañonazos, y cuando su estómago requería el almuerzo, regresaba a la casa.
.
La amistad de Jock y Bobby fue de corto recorrido. En el interior del hombre residía un poderoso enemigo. Una endémica enfermedad que le afectaba los pulmones, y que en aquel tiempo su nombre producía espanto: ¡tuberculosis! El mal le provocaba dolorosos arrebatos de tos y le entorpecía la movilidad. Sólo Bobby era conocedor de tal desgracia. Cada vez que a Jock lo atacaba la tos, veía que el rostro se le transformaba, como si la falta de aire se lo pintara color rubí. El sufrimiento del amigo abrumaba al perrito, que, con mirada de comprensión y meneando la cola,pegábase a las piernas de Jock, a ocultar en los bajos del pantalón su infinita tristeza. No obstante, John Grey no conoció el rechazo social ni el ineludible despido del cuerpo, porque la muerte tuvo la deferencia de cortarle el padecimiento. ¡La tuberculosis lo convirtió en difunto el 15 de febrero de 1858!
.
Por expreso pedido de los compañeros de John, los deudos accedieron a enterrarlo exactamente a las trece horas. El sargento Scott, con el ánimo tiritando en un sollozo, disparó el cañón despidiendo al amigo. Fue el único homenaje que recibió John Grey en su concluyente partida. Lo enterraron en el pequeño cementerio cercano a la iglesia de Greyfriars(Iglesia Presbiteriana).
.
Sin lógica que apuntalara el entendimiento, Bobby se ocultó entre las sepulturas y ahí se quedó. Las horas pasaron palpitando en la inmovilidad del sitio. Al oscurecer, con la dicha recluida en el recuerdo y el silencio fustigando su fragilidad, se echó sobre la tumba del amigo. El plomo del pesar lo abatía. Era invierno. El cielo soltaba lágrimas de nieve en la noche aterida, y esculpía la superficie con algodones congelados. El perrillo amoldó al suelo su insonora presencia, y su mirada recorrió las tinieblas como esperanza sin destino. El césped encharcado, las lápidas en pie, y la arboleda sobrecogedora, escoltaban su honda desolación. Se durmió.
.
James Brown, el anciano jardinero de la iglesia y también cuidador del cementerio, a la mañana siguiente halló al perro durmiendo arriba del sepulcro. La escena le cortó la respiración. Su vista cansada se anegó ante tamaña demostración de amor. Bobby abrió los ojos. La humedad agazapada en el aire convirtió su despertar en gélido desperezo. Sólo los latidos de su corazón musicando el recorrido de la sangre, componían la savia de su aliento.
El viejo James, aunque perforado por la pena, obedeció las ordenanzas (por anuencia general hallábase prohibido el acceso de perros a la necrópolis) y lo espantó. Bobby permaneció rondando por las cercanías. Cuando se hizo la noche, regresó. Al despuntar de la subsecuente jornada, la figura del animalito acostado encima de la fosa, se estampó delante del sorprendido mirar del señor Brown. Día tras día se fue repitiendo la escena, derivando en una suerte de ritual; James Brown lo expulsaba y con la oscuridad Bobby volvía. Se acomodaba sobre el túmulo, y en el gélido regazo del ambiente se dormía. La baja temperatura lo castigaba con su inclemencia, pero él resistía el álgido ataque; entibiando la tumba y pidiéndole piedad al acoso invernal. Al alumbrar el otro día, James Brown se acongojaba delante del tembloroso ovillo de pelo acurrucado en la fosa, como si desafiando al frío le pasara su calor al cadáver del amigo.
.
La familia de John Grey venía a por él. Incluso, el sargento Scott intentó adoptarlo. Pero todo cuajaba en intento inútil; el perrillo huía a la necrópolis y se instalaba en el amplexo de la sepultura. Asimismo hubo vecinos residentes en las proximidades, que por las noches lo llevaban a sus casas. Mas, el perrito se sentía preso y aullaba lastimosamente, hasta que le permitían volver al túmulo del inolvidable Jock.
.
En esos años difíciles, el pan giraba en torno a un solo trabajo de largas horas y corta paga. Sin embargo, el bueno de James Brown se jugó el puesto y dejó que Bobby se quedara. El admirable gesto del anciano afloró la sensibilidad de la gente, que arriesgándose a duras sanciones, premiaron la fidelidad del perrillo arrimándole comida y agua tibia.
.
Las autoridades del condado y los religiosos de la iglesia de Greyfriars, vencidos por la insistencia del perrito, también optaron por tolerar su presencia. A muchas personas les alegró tal decisión, pues Bobby era como el guardián de los muertos, dado que aún se temía la acción de los ladrones de cadáveres (tan aciagos en las primeras décadas del siglo XIX).
Bobby, más por falta de amigos que por hambre, después de oír los cañonazos de las trece horas, diariamente acudía al Café Traills (un lugar al que iba con Jock en los días felices), y el dueño del local le hacía servir el almuerzo. Su asistencia era tan esperada, que poseía plato propio.
Concluido el invierno, el frío emigró a otras latitudes llevándose su condena de grilletes helados. La primavera llegó. El sol ya escalaba las mañanas acercando ronroneos de caricias y revuelos de sonrisas. Todo había cambiado. La vitalidad de la luz destapaba existencias. Los colores lucían revividos, y en la cima de las piedras se acomodaban los reflejos. Los árboles eran campanas verdes, y los pajarillos aturdían desde la cumbre de los gajos.
El verano se presento, y el sol, astro de fuego y alimento de la naturaleza, con su áureo rostro y diadema de oro, desde muy temprano ardía en el confín de lo desconocido. Durante el día Febo abrillantaba el mármol funerario, y luego del tinte vespertino, las noches navegaban en un insondable mar de estrellas.
El desembarco del otoño teñía de dorado la arboleda, y de su ramaje goteaban hojas secas sobre la tierra callada, dejando tras su paso las copas despobladas y los nidos desamparados. Y otra vez la noche con sus alas ahumadas paseando de tumba en tumba, destejiendo siluetas, trepando el andamiaje de la quietud. Después, la entrada de un sol tímido le aclaraba el camino al nuevo día.
El invierno volvió regalando glaciales manotazos, corriendo cementerio adentro, colocando su afilado soplo en el yerto ambiente. Con el amanecer, el sol saltaba desde el infinito trayendo auroras acunadas en lejanas lumbres.
Así, estación tras estación, año tras año, y Bobby siempre ahí, acomodando su cuerpo en esférica postura, tal si buscara abrigo en la calidez de su propio pelo.
.
En 1867, a raíz del aumento de perros abandonados, a veces portadores de rabia (mortal por entonces para los humanos), los gobernantes deEdimburgo endurecieron la normativa, decretando la obligatoriedad de matricular a todos los canes de la ciudad. Y los que no estuvieran registrados los ejecutarían de inmediato. La flamante exigencia complicó la vida de Bobby, pues, luego del fallecimiento de John Grey era un perro vagabundo. Todos lo amaban, pero nadie se había hecho cargo de él ni pagaba su licencia. Y ese status conducía a la muerte. ¡La parca le pisaba los talones y él no lo sabía! ¿Qué hacer? La fuerza del exterminio comenzaba a cercarlo. Sólo su instinto de conservación podía salvarlo. . El puño del trágico final no cayó sobre sus huesos, gracias a que la fortuna le arrimó una mano amiga; el Lord Provost de Edimburgo, sir WilliamChambers, al enterarse de la peligrosa situación pagó la licencia que lo amparaba bajo el manto legal. Le puso un collar con una placa en la que se leía: "Greyfriars Bobby from the Lord Provost, 1867-Licensed". Licencia que renovó cada año. . Bobby salió doblemente favorecido, ya que sir Chambers, apoyado en el amor de la gente hacia el perrito, venció la reticencia de los religiosos de la iglesia de Greyfriars, y ordenó construir una caseta junto a la tumba deJohn Grey, a fin de que el can se refugiara de las temperaturas más inclementes.
. El tiempo continuó enhebrando calores y fríos, brisas, vientos y nevadas, sin importarle la suerte del animalito que acompañaba al amigo ausente. . El rudo invierno de 1872, cuando el calendario marcaba el amanecer del 14 de enero, desde la tenebrosidad vino la muerte taladrando resistencias empañadas, y al desplomarse sobre Bobby, cubrió de inmovilidad su destino de arcilla. Los pequeños párpados se cerraron y la respiración claudicó ante la carga de la quietud. Sus ojos ya nunca más verían los navajazos del rayo, ni la arboleda devorada por la niebla, ni las lápidas estremecidas por el viento rabioso. ¡Bobby había muerto! La mano cruel de la parca se lo llevó mientras dormía. Las lágrimas, al inundar el despertar de Edimburgo, estrujó gargantas y destrozó corazones..- --------------------------------------------¡Bobby has died! ¡Bobby has died! -gritaban las voces enmudecidas.
El amado perrito ya era pasajero de un tiempo interminable. . Su adiós le puso colofón a catorce años de firme compañía. Catorce años consumidos con el fervor de la lealtad, sin ceder nunca a los llamados del bienestar de una casa, ni a las caricias de otra gente. Catorce años con una única imagen engarzada a su memoria; Joch, el amigo del alma. . El pueblo, por unánime consenso, resolvió que fuera enterrado en el cementerio de Greyfriars, a pocos pasos de la sepultura de John Grey.



La baronesa Angela Georgina Burdett-Coutts, para que la gesta del perrito no naufragara en el olvido, le pidió al artista William Brody una escultura de bronce. El 15 de noviembre de 1873 se inauguró el monumento casi a escondidas, ya que no hubo ninguna ceremonia. Lo emplazaron en la cuesta de Candlemakers.
A escasa distancia de la entrada principal del cementerio, y enfrente del Café Traills (que todavía existe bajo el nombre de Bobby's Bar).
.
El plato y el collar de Bobby se conservan en Hunt Hose Museum (un museo dedicado a la historia de Edimburgo).
.
De él se escribieron muchos libros. Se filmaron numerosas películas, y su vida traspasó fronteras, viajando de boca en boca, en revistas, sellos de correo y tarjetas postales.
.



En la actualidad rivaliza en fama con el Castillo de Edimbrugo. Ningún turista que visite la ciudad deja de fotografiarse con la escultura de Greyfriars Bobby.
Pero quizás, la mayor recompensa está reflejada en un hecho; el pueblo británico a todos los policías los llama Bobby, en honor al inolvidable perrito.
No obstante, después de los 137 años transcurridos desde su desaparición, aún flota en la atmósfera de Edimburgo una pregunta: Bobby, ¿fue un mártir de la lealtad?

lunes, 13 de abril de 2009
viernes, 6 de febrero de 2009
El perro de Giacometti
Quizás Alberto Giacometti, el magnífico artista suizo, haya estado en la India.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Boneco
Boneco de Lolo
Algunos animales han merecido a lo largo de la historia ocupar un sitial preponderante en el corazón de los hinchas, quizá (seguro) más que algunos jugadores.
Existen algunos antecedentes de mascotas que han acompañado a los equipos de fútbol ya por los lejanos años del amateurismo, tal es el caso de “Can” el perrito del Club Atlético San Isidro, al cual le faltaba una patita pero indefectiblemente acompañaba en todas las fotos a los miembros del club que por aquel entonces practicaba fútbol.
Otro caso es el de “Napoleón” el perro de Atlanta que en los entretiempos hacía maravillas con la pelota. Murió en un accidente callejero y su cuerpo, al igual que el de “Can” fue embalsamado y guardado en la sede de su club.
Cuenta la leyenda que Juan Carlos Musladín Alumá era un indigente brasileño (croto al decir de aquella época) que subsistía a principios de la década de 1970 de la limosna y pernoctaba bajo los arcos del viaducto del ferrocarril Mitre en el bosque de Palermo. Sus problemas circulatorios lo llevaron a desarrollar úlceras en sus piernas, las cuales invariablemente se infectaban debido a las pésimas condiciones de higiene existentes. Su enfermedad se agravó y la herida se encontraba al borde de la gangrena. Casi abandonado a su suerte “Lolo”, tal el apodo que le daban los otros linyeras de la zona, perdía las esperanzas. Uno de los perros callejeros que andaban por allí se le arrimó y compartió el rancho durante unas noches. La simbiosis entre perro y humano se fortaleció y el perro raza callejero fue adoptado por el croto brasileño quien lo bautizó “Muñeco”, pero en su idioma natal, o sea “Boneco”.
De manera inesperada, siguiendo algún instinto extraño, el perro comenzó a lamer las úlceras infectas de su nuevo amo. La tarea sistemática efectuada por el animal dio sus frutos y su lengua rasposa desbridó todo el tejido necrosado mejorando a tal punto que en poco tiempo las úlceras estuvieron cerradas. Lolo recuperó su movilidad y junto a Boneco comenzaron una nueva vida. El perro mostraba una innata habilidad para realizar suertes y piruetas bajo el mando de su amigo. Fue así que comenzaron a repetir esa rutina en lugares concurridos, en semáforos y en todo lugar que le reportara alguna moneda para la comida diaria. Pero su éxito fue tal que pronto estuvieron animando fiestas infantiles lo que le permitió a su amo salir de las calles y acceder a una vivienda digna.
La relación con Independiente nace a través de las simpatías de Lolo por los rojos de Avellaneda y en ocasión de un entrenamiento realizado en los bosques de Palermo allá por el mes de febrero de 1974 y presenciado por la pareja, varios jugadores se arrimaron a ver las piruetas y aullidos que el perro ejecutaba cada vez que los jugadores pasaban cerca.
El perro y su dueño posaron junto al plantel por primera vez juntos en ese entrenamiento. Fueron invitados a conocer el estadio y a los pocos días así lo hicieron, justo ese día había sesión fotográfica del plantel junto a las copas recientemente obtenidas y Boneco no faltó en ellas.
Lolo no desperdició la oportunidad y lo ofreció como mascota de los rojos, lo cual fue aceptado, pero supeditado a que los éxitos lo acompañasen, si no sería indefectiblemente tildado de mufa y despedido.
Así fue como, previa acreditación por parte de la AFA, Boneco de Lolo se convirtió en la mascota oficial de Independiente. Salió a la cancha junto al Chivo Pavoni por primera vez oficialmente con su acreditación en el partido ante Racing Club el 24 de marzo de 1974 en el cual derrotaron con baile infernal a la Academia por 4 a 1, mejor no podía haber sido el debut oficial de Boneco.
Al principio portaba un banderín del Rojo en su boca. Más adelante llevó también el del rival de turno de Independiente y a partir de 1975, le agregó uno alusivo a la organización del Mundial de 1978 por parte de la Argentina. Lolo lo llevaba antes del inicio del partido delante de cada sector donde retribuía los aplausos levantando su pata.
En su mantilla llevaba adosados varios escudos como el del Automóvil Club Argentino, Policía Federal, sección Perros y por supuesto el escudo de Independiente.
Boneco no solo fue famoso en los campos de juego, sino también fue estrella de televisión: en la comedia que salía por Canal 13, Gorosito y Señora, protagonizada por Santiago Bal, Susana Brunetti, Eduardo Muñoz y Mabel Manzotti, Boneco (Bonecu, al decir de la Brunetti) se robaba la actuación.
Nos rememora nuestro amigo Daniel Martínez, testigo presencial, que durante la disputa de la 6ª fecha del Metropolitano 1975 en un partido en cancha de Vélez Sarsfield, ganando el local por uno a cero y con los rojos en constante asedio, los auxiliares velezanos metieron un perro en el campo de juego para enfriar el partido. Nadie atinaba a sacarlo de la cancha, ni los árbitros, ni los jugadores locales ni los visitantes debido a su fiereza. Prestamente un auxiliar del banco de Independiente se dirigió al vestuario y regresó con Boneco quien raudamente enfiló hacia el perro intruso y ante la atónita mirada de la concurrencia, autoridades y jugadores sacó al perro tranquilamente al trote y moviendo la cola. Se reanudó el partido, Independiente dio vuelta el resultado y se retiró triunfador.
Boneco prosiguió ingresando con el equipo hasta por lo menos el año 1978.
El final de ambos fue muy triste pero reflejó una muestra de fidelidad muy emotiva, el canino no pudo superar la muerte de su amo y poco tiempo después falleció.
Boneco tuvo un precursor allá por la década del ’40 llamado "Upa", era el perro del canchero, el recordado José Baena y se dedicaba a correr a los rapaces que se colaban en el campo de juego. Tenía la virtud de jamás haber mordido a ningún colado, simplemente los arreaba hasta el alambrado y los obligaba a salir.
Upa fue solicitado por el Club San Lorenzo quien tasó su pase en 200 pesos de la época. Independiente rechazó el ofrecimiento declarándolo intransferible. Cierta vez corrió a un árbitro que estaba bombeando alevosamente a Independiente.
Hoy en día vemos otros perros en la cancha pero no tan simpáticos y leales como éstos.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Esculturas de perros en las ciudades
Chonino
Desde 1991, por iniciativa de la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, la calle que une la Avenida Casares con la calle Salguero, en la Capital Federal, se denomina Pasaje Chonino.
Chonino Ingresó a la Policía Federal Argentina el 15 de diciembre de 1977 tras demostrar las aptitudes físicas y psíquicas necesarias para ser perro de Policía. Fue adiestrado como perro de seguridad y clasificado, por su voluntad, espíritu de lucha y potencia, como perro de presa, lo que significa que sólo podía entrar en acción cuando había peligro de vida, tanto para sus conductores como para terceros inocentes.
El 2 de Junio de 1983 se asignó a los suboficiales Luis Sibert y Jorge Iani, un patrullaje, correspondiente a la jurisdicción de la Comisaría 45°, en la Capital Federal, guiando el primero al querido Chonino. Alrededor de las 20 horas ante la oscuridad reinante y frente a una copiosa lluvia los funcionarios policiales patrullaban por la calle Lastra. De pronto, observan que dos hombres manoseaban en forma sospechosa las puertas de los autos allí estacionados. Los sospechosos repelen a tiros el pedido de identificación.
Chonino por instinto propio y sin perder el tiempo, al ver agredido a su guía, se lanza al ataque, mientras el tiroteo entre policías y ladrones continuaba. Todo se transforma en una triste sinfonía de disparos, ladridos, fogonazos, lluvia y sangre. El suboficial Iani recibe graves impactos de bala.
El delincuente restante termina con la vida de Chonino de un disparo en el corazón. Ambos asaltantes escapan heridos, pero Chonino muere tras arrastrarse junto a su guía.
En su boca llevaba un trozo de bolsillo que contenía los documentos de los asaltantes. Esto permitió una pronta identificación, que culminó con la detención de los delincuentes que hoy están cumpliendo una condena de reclusión perpetua y jamás podrán olvidarse de este perro que intentó detenerlos.
Desde el año 1996, por pedido de la periodista y escritora Cora Cané y con el apoyo de sus lectores se celebra todos los 2 de Junio, el Día Nacional del perro.











